A 1.600 metros de altitud, rodeado de algunas de las montañas más espectaculares del Pirineo aragonés y junto a las aguas tranquilas del Ibón de Baños, existe un lugar que parece hecho para contar historias.

Hoy conocemos este rincón del Valle de Tena como el Balneario de Panticosa, pero mucho antes de que aparecieran sus hoteles, sus jardines, su casino o su Gran Hotel, ya había algo que atraía a quienes llegaban hasta este remoto rincón de la montaña: el agua.

Agua caliente, agua mineral y agua que brota de las entrañas de la tierra.

Durante siglos, esas aguas han sido el verdadero corazón de Panticosa. Alrededor de ellas nació un pequeño establecimiento termal que, con el paso del tiempo, llegó a convertirse en uno de los balnearios más importantes y elegantes de España.

Su historia es una historia de esplendor y abandono, de empresarios y reyes, de médicos y escritores, de lujo y montaña. Y también una historia que todavía conserva algunos interrogantes.

Los romanos ya conocían las aguas

La historia de los Baños de Panticosa comienza mucho antes de que existiera el edificio que hoy conocemos.

Las aguas termales del lugar ya eran conocidas en época romana. La principal evidencia apareció a mediados del siglo XX, cuando se localizaron monedas y restos de cerámica relacionados con el manantial de Tiberio durante las excavaciones y prospecciones realizadas en la zona.

La tradición ha relacionado desde entonces el nombre del manantial con el emperador Tiberio, aunque conviene ser prudentes: que existan evidencias de presencia romana y de utilización de las aguas no significa necesariamente que en aquel momento existiera un balneario organizado como los que aparecerían muchos siglos después.

Lo que sí podemos afirmar es que los romanos conocieron este lugar y sus aguas.

Y resulta fácil imaginar por qué.

En una época en la que las aguas termales tenían un enorme valor para la cultura romana, encontrar en mitad de estas montañas un manantial de agua caliente debía de resultar extraordinario.

Después, sin embargo, llega un largo silencio.

Entre Roma y el nacimiento del Balneario

Tras la época romana, las noticias sobre los Baños se vuelven mucho más escasas.

Aquí aparece uno de los primeros misterios de la historia del Balneario.

Durante décadas se ha repetido que existe una referencia documental fechada en 1286, cuando el rey Pedro I de Aragón habría cedido los Baños al Quiñón de Panticosa. Esta fecha sigue apareciendo en numerosas publicaciones y fuentes divulgativas.

Sin embargo, la investigación histórica de referencia sobre el Balneario, realizada por el historiador Octavio Monserrat Zapater, es mucho más prudente. Su estudio señala que hay que situarse hacia 1646 para encontrar noticias documentadas que permiten seguir la evolución jurídica y urbana del Balneario.

Por eso, para contar esta historia con rigor, lo más prudente es no presentar 1286 como una certeza absoluta sobre la existencia del Balneario, sino como una fecha tradicionalmente atribuida a sus primeras referencias.

Lo que sí sabemos es que, cuando volvemos a encontrar documentación histórica, los Baños están vinculados al Quiñón de Panticosa, una antigua entidad administrativa del Valle de Tena integrada por Panticosa, Hoz de Jaca y El Pueyo de Jaca.

Y será precisamente el Quiñón quien tenga un papel fundamental en el nacimiento del Balneario moderno.

1693: comienza la historia del Balneario moderno

Tenemos que llegar al final del siglo XVII para encontrar un momento decisivo.

En 1693 comienza la construcción de la Casa de los Baños, el primer edificio del recinto balneario. Patrimonio Cultural de Aragón sitúa también en 1693 la construcción de la primera casa del Balneario.

A partir de entonces, las aguas dejan de ser únicamente un fenómeno natural aprovechado de forma más o menos rudimentaria y comienzan a convertirse en una auténtica actividad organizada.

Durante el siglo XVIII los Baños fueron arrendándose a distintos particulares. La documentación de la época muestra, además, que las instalaciones distaban mucho de ser lujosas.

Nada que ver todavía con el gran complejo que conocería el siglo XIX.

Pero el interés por las aguas iba creciendo.

En 1766 encontramos la primera constancia documental de presencia de bañistas. Es una fecha especialmente significativa porque demuestra que ya existía una actividad termal consolidada y que personas procedentes de otros lugares comenzaban a desplazarse hasta aquel remoto rincón del Pirineo en busca de sus aguas.

El Balneario había echado a andar.

Un rincón perdido en las montañas

Hay algo que cuesta imaginar desde nuestra perspectiva actual.

Llegar hasta Panticosa y, sobre todo, hasta los Baños de Panticosa, no era sencillo.

No existían carreteras modernas, ni automóviles, ni hoteles confortables esperándote al final del camino.

Quien viajaba hasta allí tenía que afrontar un largo y complicado desplazamiento por un territorio de alta montaña.

Y, sin embargo, cada vez llegaban más personas.

La razón estaba en el agua.

Las fuentes termales fueron adquiriendo fama y las propiedades medicinales que se atribuían a sus aguas hicieron que el lugar comenzara a aparecer en publicaciones, guías y textos relacionados con el termalismo.

El pequeño establecimiento de montaña estaba a punto de convertirse en algo mucho mayor.

Fernando VII y Nicolás Guallart

El gran cambio llegó en el siglo XIX.

Las instalaciones existentes eran todavía deficientes y la gestión del Quiñón no estaba dando los resultados esperados. Finalmente, el 18 de septiembre de 1826, una Real Orden concedió el privilegio de explotación de los Baños a Nicolás Guallart, empresario natural de Búbal.

La llegada de Guallart constituye uno de los grandes puntos de inflexión de la historia del Balneario.

Por primera vez aparece un proyecto empresarial capaz de transformar aquel conjunto de baños de montaña en un establecimiento moderno.

Pero el cambio no fue sencillo.

Guallart y el Quiñón mantuvieron durante años diversos conflictos relacionados con los derechos de explotación y los terrenos de los Baños.

La disputa terminó con una escritura de concordia otorgada el 29 de septiembre de 1838. El Quiñón cedió sus derechos a Guallart a cambio de un canon anual de 3.750 reales de vellón, además de conservar determinadas servidumbres de pastos.

Seis años después, en 1844, otra escritura estableció mediante un amojonamiento la superficie y los límites de los Baños de Panticosa.

El territorio sobre el que iba a crecer el gran Balneario quedaba así mucho más claramente definido.

El gran siglo del Balneario

Y entonces comenzó la transformación.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Panticosa vivió una auténtica revolución arquitectónica y social.

El pequeño conjunto de casas alrededor de los manantiales fue creciendo hasta convertirse en una auténtica villa termal.

En 1854 terminó la construcción del Hotel Victoria.

Tres años después llegaron el Hotel de Embajadores y el Hotel Salón de Sociedad.

Al complejo se fueron incorporando también una sala de inhalaciones, la Villa Mirador, las fondas Española y Francesa, la Casa de la Laguna, la Casa de la Pradera y diferentes fuentes y espacios destinados a los tratamientos termales.

Una galería de hierro y madera comunicaba algunos de los edificios y facilitaba la circulación por el recinto.

Y el Balneario seguía creciendo.

Patrimonio Cultural de Aragón recoge que el conjunto original llegó a estar formado por edificios como la Casa Belío, Casa Boreda, Casa de las Herpes, Casa Balneario, Casa del Estómago, Casa de la Fonda, el Templete de la Salud, las Casas de las Tiendas y la Casa del Mediodía.

Ya no era simplemente un lugar al que acudir a tomar las aguas.

Era una pequeña ciudad de montaña.

Un Balneario de lujo en el corazón del Pirineo

El modelo de los grandes balnearios europeos estaba llegando también a España.

Los baños termales ya no eran únicamente un lugar para recibir tratamientos médicos. Eran también lugares de encuentro social.

Se iba a tomar las aguas, pero también a pasear, conversar, escuchar música, comer, descansar y relacionarse.

Y Panticosa supo aprovechar aquella nueva moda.

La arquitectura del complejo adquirió una marcada influencia francesa y el recinto comenzó a ofrecer una imagen de lujo completamente insólita en un lugar tan apartado.

La montaña dejaba de ser un obstáculo.

Se convertía en parte del atractivo.

El visitante podía pasar allí días o incluso semanas rodeado de bosques, montañas y aguas termales, pero disfrutando de una infraestructura que poco tenía que envidiar a la de los grandes establecimientos termales europeos.

El Balneario llegó a tener capacidad para alrededor de 1.500 personas, convirtiéndose en uno de los grandes centros termales del país.

El Gran Hotel y la edad dorada

A finales del siglo XIX llegó uno de los edificios que acabarían convirtiéndose en símbolo del Balneario.

El Gran Hotel fue construido en 1896, en plena Belle Époque. Su presencia transformó definitivamente el perfil arquitectónico del conjunto.

Era el Balneario de las grandes ocasiones.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Panticosa vivió su época de mayor esplendor.

El complejo contaba con hoteles, restaurantes, jardines, fuentes, espacios para tratamientos, zonas de reunión y una vida social propia.

En 1899 se constituyó la sociedad Aguas de Panticosa, que asumiría un papel fundamental en el desarrollo posterior del complejo.

Panticosa se había convertido en uno de los grandes nombres del termalismo español.

Reyes, políticos, científicos y escritores

La fama del Balneario atrajo a personajes de primer nivel.

Por sus instalaciones pasaron figuras como Alfonso XIII, Niceto Alcalá Zamora, Santiago Ramón y Cajal, José Ortega y Gasset o Miguel Primo de Rivera.

No eran únicamente turistas.

Formaban parte de aquella sociedad que había convertido los grandes balnearios europeos y españoles en lugares de encuentro de las élites políticas, culturales y económicas.

Panticosa era, durante aquellos años, mucho más que un lugar para curarse.

Era un lugar donde había que estar.

Y mientras aquellos huéspedes paseaban alrededor del Ibón de Baños o descansaban después de sus tratamientos, en torno a ellos se iba construyendo una de las historias sociales más singulares del Pirineo aragonés.

La Iglesia del Carmen

El crecimiento del Balneario también hizo necesario dotarlo de aquellos servicios que permitieran convertirlo en una pequeña población prácticamente autónoma.

Entre ellos estuvo la iglesia.

La Iglesia del Carmen se incorporó al conjunto en la segunda mitad del siglo XIX. Patrimonio Cultural de Aragón fecha su construcción en 1881, mientras otras fuentes locales ofrecen fechas diferentes, por lo que es preferible quedarse con la datación oficial de Patrimonio.

Junto al Gran Hotel y el Casino, la iglesia es hoy uno de los edificios históricos mejor conservados del antiguo complejo.

El Balneario entra en el siglo XX

El cambio de siglo no significó el final del esplendor.

Al contrario.

Durante las primeras décadas del siglo XX el Balneario continuó creciendo y modernizándose.

Al conjunto se incorporaron nuevas instalaciones, entre ellas el Hotel Continental, el Casino, el Restaurante del Lago y una planta embotelladora de Aguas de Panticosa.

La época dorada se prolongó durante buena parte de la primera mitad del siglo XX.

Pero el mundo estaba cambiando.

Las nuevas formas de viajar, los cambios en las costumbres y la transformación de la medicina y del turismo fueron haciendo que el modelo clásico de los grandes balnearios perdiera parte de su protagonismo.

Panticosa comenzó a entrar lentamente en una etapa de decadencia.

Del esplendor al abandono

El enorme complejo que había llegado a recibir a cientos de visitantes empezó a tener dificultades.

El Balneario fue perdiendo actividad y, finalmente, una grave crisis financiera de la sociedad que lo gestionaba llevó al cierre en 1979.

Después llegó una de las etapas más tristes de su historia.

Los edificios quedaron progresivamente abandonados.

Aquellos hoteles que habían acogido a políticos, escritores, científicos y miembros de la alta sociedad quedaron en silencio.

Las fuentes dejaron de recibir visitantes.

Los salones que habían conocido bailes y reuniones quedaron vacíos.

Y la naturaleza comenzó a recuperar lentamente el espacio.

El antiguo esplendor del Balneario parecía condenado a convertirse en un recuerdo.

Un patrimonio que se resiste a desaparecer

Sin embargo, la historia de Panticosa todavía no había terminado.

En 1966, antes incluso del cierre, el conjunto había sido declarado Centro de Interés Turístico Nacional.

En 1994 llegó una protección todavía más importante: el Balneario fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de Conjunto Histórico, mediante el Decreto 140/1994 del Gobierno de Aragón.

La protección abarca no solo los edificios históricos, sino también el Ibón de Baños, las praderas y los espacios comprendidos entre las diferentes construcciones.

Aquello reconocía oficialmente algo que quienes conocían Panticosa ya sabían desde hacía mucho tiempo:

el Balneario no era simplemente un conjunto de hoteles antiguos.

Era parte de la historia del Pirineo.

El renacimiento del siglo XXI

A comienzos del siglo XXI comenzó una profunda transformación.

El objetivo era recuperar el Balneario y devolverle una actividad turística acorde con los nuevos tiempos.

La intervención arquitectónica contó con profesionales de reconocido prestigio, entre ellos Rafael Moneo y Álvaro Siza, y culminó con la rehabilitación de buena parte del complejo.

El Gran Hotel y el Casino fueron rehabilitados respetando sus fachadas históricas, mientras otros edificios fueron transformados o sustituidos.

La nueva arquitectura se mezcló con la antigua.

Y Panticosa volvió a recibir visitantes.

El Gran Hotel, construido en 1896, recuperó su actividad y mantiene actualmente su fachada original.

El antiguo Balneario volvía a tener vida.

Las Termas de Tiberio y el Balneario del siglo XXI

Hoy el agua continúa siendo la protagonista.

El complejo cuenta con tres espacios termales: las Termas de Tiberio, el Balneario del Quiñón y el Espacio Termal del Gran Hotel.

Las modernas Termas de Tiberio representan perfectamente la nueva etapa del Balneario: arquitectura contemporánea, grandes espacios acristalados y una integración buscada con el paisaje.

Es una imagen muy distinta de la que encontraron los primeros bañistas del siglo XVIII.

Pero hay algo que permanece exactamente igual.

El agua.

Las aguas mineromedicinales siguen brotando de los manantiales que dieron origen a toda esta historia.

Un lugar donde pasado y presente conviven

Pasear hoy por el Balneario de Panticosa es hacerlo por un lugar en el que conviven varias épocas.

Está el paisaje que contemplaron los romanos.

Está el recuerdo de aquellos primeros bañistas del siglo XVIII.

Está la huella de Nicolás Guallart y de los hombres que transformaron los Baños durante el siglo XIX.

Está el Gran Hotel de la Belle Époque.

Está la Iglesia del Carmen.

Está el Casino.

Y están las nuevas Termas de Tiberio, los hoteles y la arquitectura contemporánea.

Algunos edificios históricos han desaparecido o esperan todavía su recuperación. Otros, como el Gran Hotel, el Casino y la Iglesia del Carmen, permanecen como testigos de aquel antiguo mundo.

Y quizá ahí esté precisamente la magia de Panticosa.

No es un lugar detenido en el tiempo.

Es un lugar donde el tiempo ha dejado sus huellas.

Dos mil años después, el agua sigue brotando

Resulta curioso pensar que, después de tantos siglos, todo siga girando alrededor de lo mismo.

No fueron los hoteles.

No fue el Casino.

No fueron los grandes personajes que pasaron por aquí.

No fueron siquiera los arquitectos que transformaron el paisaje.

Fue el agua.

El agua que ya conocieron los romanos.

El agua que atrajo a los primeros bañistas.

El agua que hizo que el Quiñón construyera una casa de baños en 1693.

El agua que convirtió Panticosa en uno de los grandes centros termales de España durante el siglo XIX.

El agua que sobrevivió al abandono y al cierre de 1979.

Y el agua que sigue brotando hoy, en mitad de las montañas, mientras el Ibón de Baños continúa reflejando las cumbres del Pirineo.

Quizá por eso, cuando uno llega al Balneario de Panticosa, tiene la sensación de que aquí el tiempo transcurre de otra manera.

Porque en realidad no estamos visitando solamente un balneario.

Estamos entrando en más de dos siglos de historia escrita y en muchos más siglos de relación entre el hombre y las aguas de esta montaña.



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