Hay personajes que forman parte de la historia de un lugar. Y hay otros que terminan convirtiéndose en leyenda.
En Sallent de Gállego nació uno de estos últimos.
Se llamaba Fermín Arrudi Urieta y llegó a medir 2,29 metros de altura. A finales del siglo XIX y principios del XX fue conocido en buena parte de Europa y América como el Gigante Aragonés, aunque en su pueblo simplemente era Fermín.
Su extraordinaria estatura le llevó a recorrer medio mundo. Fue exhibido en ferias y exposiciones, conoció ciudades que probablemente ningún habitante del Pirineo de su generación habría imaginado visitar y llegó incluso a ser recibido por la familia real española.
Pero detrás del gigante había mucho más.
Había un hombre nacido en un pequeño pueblo del Valle de Tena que amaba la música, que tocaba varios instrumentos, que hablaba idiomas, que quería volver a sus montañas y que, paradójicamente, parece que fue mucho más feliz siendo Fermín, el sallentino, que siendo Fermín, el gigante.
Un niño de Sallent que empezó a crecer sin parar
Fermín Arrudi nació en Sallent de Gállego el 7 de julio de 1870, en la conocida como Casa Sorda. Sus padres tenían una estatura normal y Fermín fue, durante sus primeros años, un niño de complexión corriente. Pero durante la adolescencia comenzó un crecimiento extraordinario que continuaría durante años.
Las fuentes no coinciden exactamente en el momento en que comenzó aquel crecimiento. Algunas sitúan el inicio alrededor de los 11 años y otras a los 15. Lo que sí está documentado es el resultado: cuando alcanzó la edad adulta medía 2,29 metros. La explicación médica que se ha dado posteriormente es la acromegalia, una enfermedad relacionada con una producción excesiva de hormona del crecimiento. Su tamaño no era, sin embargo, lo único extraordinario.
Fermín poseía una fuerza física enorme y desde muy joven realizó diferentes trabajos. Hay referencias a trabajos relacionados con el campo, la construcción y el ferrocarril, y también trabajó en la estación de Canfranc. En un mundo en el que las comunicaciones eran difíciles y la vida en el Pirineo era dura, aquel muchacho de Sallent estaba a punto de convertirse en alguien conocido mucho más allá de sus montañas.
El descubrimiento del Gigante
A comienzos de la década de 1890, un comerciante de vinos de Cariñena que frecuentaba Sallent se dio cuenta de que la extraordinaria estatura de Fermín podía convertirse en una forma de ganarse la vida. Y así fue.
En 1891, con 21 años y una altura que rondaba ya los 2,19 metros, Fermín realizó su primera exhibición pública durante las fiestas del Pilar de Zaragoza. El éxito fue inmediato. En aquella época, mucho antes de la televisión, internet o las redes sociales, una persona de semejante estatura era un auténtico fenómeno. La gente pagaba por verlo y las noticias sobre aquel joven aragonés comenzaron a extenderse.
De Zaragoza pasó a Madrid y después comenzaron los viajes. Lo que había empezado como una curiosidad local terminó convirtiéndose en una auténtica carrera internacional.
El Gigante Aragonés viaja por el mundo
Fermín Arrudi recorrió buena parte de Europa. Estuvo en Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Austria, y participó en grandes ferias y exposiciones de la época. También cruzó el Atlántico y viajó por Estados Unidos, Sudamérica y el Caribe. Llegó incluso al norte de África, donde estuvo en Argelia.
Su presencia dejaba huella allá donde iba. Los periódicos locales hablaban de aquel hombre procedente de un pequeño pueblo del Pirineo aragonés cuya cabeza parecía quedar por encima de la de todos los demás. En 1896 estuvo en Berlín y cuatro años después, en 1900, en la Exposición Universal de París. Para un hombre nacido en Sallent de Gállego en 1870, aquello suponía haber recorrido un camino extraordinario.

Y todavía quedaba otra faceta que hacía de Fermín un personaje mucho más singular.
El gigante que tocaba la jota
Porque Fermín Arrudi no se limitaba a mostrar su altura. Era músico. Y además era un músico autodidacta. Tocaba diferentes instrumentos, entre ellos la guitarra, el violín, la bandurria, el laúd, el requinto, la flauta y el armonio. También cantaba y sentía una especial pasión por la jota aragonesa y las rondas.
Sus actuaciones combinaban así dos elementos que fascinaban al público: contemplar a aquel hombre gigantesco y escucharle interpretar música. Años después, el musicólogo Demetrio Galán recordaría sus habilidades musicales y la variedad de instrumentos que dominaba. Quizá sea precisamente esta faceta la que mejor permite entender que Fermín Arrudi fue mucho más que una simple atracción. Era un hombre con talento.
De Sallent a la corte
La fama de Fermín llegó hasta Madrid. Después de su primera exhibición en Zaragoza fue presentado en la capital y llegó a ser recibido por la regente María Cristina y su hijo, el futuro Alfonso XIII. Existe además una curiosa historia relacionada con su otra gran pasión: la caza. Fermín quería cazar sarrios en las montañas del Valle de Tena y, según el testimonio recogido años después de sus familiares, llegó a pedir un rifle de precisión. La historia cuenta que María Cristina habría intervenido para conseguirlo.
No sabemos cuánto hay de leyenda en esta anécdota, pero encaja perfectamente con la imagen que tenemos de aquel hombre enorme que, pese a haber conocido medio mundo, seguía teniendo la cabeza puesta en las montañas de su pueblo.
Un hombre de dos metros veintinueve… y un gran corazón
La fama también le permitió ganar dinero. En una época en la que viajar por Europa y América era una aventura extraordinaria, Fermín llegó a obtener ingresos importantes con sus exhibiciones. Incluso tuvo la fortuna de ganar un premio de la Lotería de Navidad, que algunas fuentes cifran en unas 4.000 pesetas de la época.
Y cuentan que no se olvidó de su pueblo. Repartió regalos entre algunos de sus vecinos, aunque aquel gesto también provocó, según los testimonios conservados, las inevitables envidias. Porque la fama tiene siempre dos caras.
París y Luise
Durante sus viajes conoció también a la mujer que se convertiría en su esposa. Fue en París donde conoció a Luise, una mujer francesa con la que terminaría casándose. La pareja vivió durante algunos años y, gracias a la prosperidad que Fermín había conseguido, llegó a construir una casa en Sallent.

No tuvieron descendencia. Y aquí aparece una de las partes más humanas de su historia. Después de recorrer Europa, cruzar el Atlántico y convertirse en una celebridad, Fermín parecía encontrar su lugar favorito precisamente allí donde había empezado todo: Sallent de Gállego.
La paradoja del Gigante
David Dumall, autor del libro El gigante de Sallent. Fermín Arrudi, describe a un hombre que tuvo que soportar las incomodidades de viajar constantemente y los problemas físicos derivados de su enorme estatura. Dolores articulares, dolores de cabeza y las dificultades propias de vivir en un cuerpo tan extraordinario acompañaron parte de su vida.
Y quizá por eso existe una paradoja en la historia de Fermín Arrudi. El mundo quería ver al gigante. Pero Fermín quería ser simplemente Fermín. El hombre que había nacido en Sallent. El músico. El cazador. El hombre que conocía las montañas. El vecino que volvía a su pueblo después de recorrer medio mundo.
Sus últimos años
En los últimos años de su vida todavía realizó algunos viajes, entre ellos uno a Argentina. Su última gran salida espectacular estuvo relacionada con la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza de 1908. Después regresó progresivamente a su tierra.

Fermín Arrudi murió en Sallent de Gállego el 2 de mayo de 1913, con apenas 42 años. Tenía 42 años y diez meses. Había vivido una vida extraordinariamente intensa para alguien nacido en un pequeño pueblo del Pirineo.
Pero quizá lo más impresionante estaba todavía por descubrir.
El acta de defunción del Gigante
El párroco de Sallent, mosén Miguel, dejó escrita en el Libro de Difuntos una descripción que hoy resulta fascinante.
Allí quedó registrada su altura: 2,29 metros. También se anotaron otras medidas extraordinarias.
Su calzado tenía aproximadamente 40 centímetros de largo y 18 de ancho. El sacerdote dejó constancia además de la enorme fuerza física que poseía, señalando que era capaz de levantar pesos que cuatro hombres robustos no podían mover.
Es uno de esos documentos que convierten una historia que podría parecer fantástica en algo tangible. Fermín Arrudi no era una leyenda inventada. Había existido. Había caminado por las calles de Sallent. Había subido a trenes. Había cruzado océanos. Había tocado la guitarra y cantado jotas.
Y había medido 2,29 metros.
¿2,29 o 2,40 metros?
Alrededor de Fermín Arrudi también ha nacido alguna que otra leyenda. En diferentes publicaciones aparece ocasionalmente una altura de 2,40 metros. Sin embargo, la medida que cuenta con mayor respaldo documental es 2,29 metros, que aparece incluso en la partida de defunción conservada en Sallent. Por eso es la cifra que debemos considerar como referencia.
Y aun así, 2,29 metros ya resulta impresionante. Para comprobarlo basta mirar nuestra imagen comparativa.

Hemos colocado a Fermín Arrudi junto a Pau Gasol, que mide aproximadamente 2,16 metros, y Felipe VI, de aproximadamente 1,97 metros. La diferencia resulta espectacular. Y ayuda a comprender algo que una cifra escrita en un papel no consigue transmitir:
Fermín Arrudi era realmente gigantesco.
Hoy, el Gigante sigue en Sallent
Durante décadas, la historia de Fermín Arrudi permaneció entre la memoria de los vecinos, las fotografías antiguas y las historias que pasaban de una generación a otra. Pero el Gigante regresó simbólicamente a su pueblo.
En 2018, Sallent de Gállego inauguró una escultura de bronce de Fermín Arrudi a tamaño natural, obra del escultor jaqués Pedro Larraz, situada en la plaza del Ayuntamiento. La escultura permite comprobar en persona lo que significaban aquellos famosos 2,29 metros. Y tiene algo especialmente bonito.

Fermín volvió a estar en Sallent. No en una feria. No en una exposición. No detrás de una vitrina. Sino en la plaza de su pueblo.
Entre las mismas montañas que, según quienes conocieron su historia, tanto añoró durante sus viajes.
Fermín Arrudi, el gigante que nunca dejó de ser de Sallent
Hoy resulta difícil imaginar lo que debió significar para un muchacho nacido en Sallent de Gállego en 1870 convertirse en una celebridad internacional. No existían aviones comerciales, ni televisión, ni internet. Viajar de un continente a otro era una aventura.
Y, sin embargo, Fermín Arrudi recorrió Europa, América y África. Conoció reyes y reinas. Participó en grandes exposiciones internacionales. Ganó dinero. Se casó en París. Aprendió música y tocó para públicos de medio mundo. Pero, después de todo aquello, terminó volviendo una y otra vez al lugar donde había nacido.
Al Valle de Tena. A Sallent. A sus montañas. Quizá por eso, más de un siglo después de su muerte, seguimos hablando de él.
Porque Fermín Arrudi fue conocido en medio mundo como el Gigante Aragonés. Pero en Sallent de Gállego siempre fue algo mucho más sencillo. Fue uno de los suyos. Y probablemente esa sea la mejor manera de recordar a un hombre que llegó a medir 2,29 metros:
como el gigante que recorrió el mundo y que, en el fondo, nunca dejó de pertenecer a sus montañas.
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