Hay montañas que, más que elevarse, parecen imponerse. La Peña Foratata es una de ellas. Su silueta inconfundible domina el horizonte cuando uno pasea por Sallent de Gállego o contempla el embalse de Lanuza con la vista alzada hacia el norte. Inaccesible, abrupta y poderosa, su cresta recortada contra el cielo dibuja uno de los perfiles más característicos del valle de Tena. No es la cumbre más alta del entorno, pero sí una de las más magnéticas.
Desde Sallent, la Foratata aparece como un bastión pétreo que protege el valle; desde Lanuza, su vertiente sur muestra una muralla áspera y compleja que durante décadas fue terreno reservado a cordadas decididas. La montaña no invita al paseo amable: su estructura es abrupta, aérea y fragmentada. Quizá por eso su historia alpina está envuelta en cierto halo de misterio.
Un nombre que nace de la roca
El propio topónimo revela uno de sus rasgos más singulares. Foratata significa “agujereada” en aragonés tensino, y hace referencia al enorme agujero que se abre bajo la parte sur de su cresta. Este gran arco natural, visible desde distintos puntos del valle siendo el Llano de Tornalizas el mejor de ellos, constituye una de las señas de identidad de la montaña. No es solo un accidente geológico llamativo: es el elemento que da nombre y personalidad a la peña, y que ha alimentado durante generaciones la imaginación de quienes la contemplan desde el fondo del valle.
¿Quién fue el primero? El enigma de las primeras ascensiones
Como ocurre con muchas montañas pirenaicas de perfil abrupto pero altitud moderada, se desconoce quién ascendió por primera vez a las cumbres de la Peña Foratata. Es probable que pastores o habitantes del valle alcanzaran sus puntos culminantes mucho antes de que quedara constancia escrita, pero no existen referencias documentales que permitan afirmarlo con certeza.
La primera mención histórica conocida vinculada a una ascensión corresponde a la cordada formada por Jean Arlaud y Charles Laffont. Ellos protagonizaron la primera escalada documentada de la que se tiene noticia, recorriendo la cresta de sur a norte el 12 de julio de 1921.
Arlaud y Laffont: pireneísmo en estado puro
Jean Arlaud fue una figura destacada del pireneísmo francés de comienzos del siglo XX. Su nombre está ligado a numerosas ascensiones y exploraciones en la cordillera, en una época en la que el alpinismo combinaba aventura, descubrimiento y un profundo espíritu científico y cultural. Arlaud pertenecía a esa generación de montañeros que recorrían los Pirineos con mentalidad exploradora, abriendo itinerarios y documentando sus actividades cuando muchas cumbres y crestas aún no contaban con referencias precisas. Dent d’Orlu, el corredor al Posets (Llardana) que lleva su nombre, la cresta de Salenques o la primera escalada a los Mallos de Riglos son solo unas pocas de sus numerosas conquistas.
Charles Laffont, compañero de cordada en aquella jornada de 1921, formó parte de ese mismo contexto pireneísta. Juntos representaban una manera de entender la montaña basada en la iniciativa, la autosuficiencia y la audacia, en un tiempo en que los medios técnicos eran muy limitados en comparación con los actuales.

12 de julio de 1921: una cresta sin pitones
La ascensión de Arlaud y Laffont a la Peña Foratata se realizó recorriendo la cresta de sur a norte. Este dato es fundamental, pues implica atravesar los tramos más característicos y aéreos de la montaña. La fecha —12 de julio de 1921— sitúa la escalada en una época en la que el uso sistemático de material de aseguramiento estaba aún lejos de generalizarse.
De hecho, se sabe que realizaron la escalada sin utilizar pitones, sencillamente porque ni siquiera los llevaban. Este detalle habla por sí solo del compromiso de la empresa. Progresar por una cresta abrupta, con roca de calidad irregular y pasos aéreos, sin el recurso a seguros fijos, exigía una combinación de experiencia, sangre fría y confianza mutua difícil de imaginar con los estándares actuales.
No se conoce con certeza el punto exacto donde iniciaron la escalada. La información disponible sugiere que probablemente comenzaron bajo la difusa canal de la cara este que termina en el “forato”, el gran agujero que da nombre a la peña. Sin embargo, este extremo no está plenamente confirmado. Como ocurre con tantas ascensiones tempranas, los detalles precisos del itinerario se han perdido o nunca fueron descritos con la minuciosidad que hoy consideraríamos habitual.
De lo que no hay duda es que completaron la travesía integral de la cresta, en un recorrido lógico y elegante que hoy sigue siendo una de las líneas más atractivas de la montaña.

Décadas de silencio y nuevas vías
Tras aquella ascensión de 1921, la Peña Foratata no vivió un desarrollo inmediato en cuanto a apertura de nuevas vías. De hecho, hasta 1963 no se abrió ningún otro itinerario reseñable. Fue ese año, coincidiendo con la construcción de los accesos de la urbanización de Formigal, cuando E. Blanchard, J. Díaz y M. Frechín trazaron la vía CEFA en la cara sur.
A partir de entonces se fueron abriendo algunos itinerarios más durante los años siguientes de la mano de escaladores zaragozanos como Villarig, “Ursi”, Ibarzo, Barcos o Morandeira, aunque con escasas repeticiones. La razón principal era la calidad irregular de la roca en las líneas lógicas de fisuras, espolones y chimeneas, que no siempre ofrecía la solidez deseada y convertía muchas escaladas en empresas delicadas y poco atractivas para el grueso de los escaladores.
La Foratata hoy: del aislamiento al equipamiento moderno
Con el paso del tiempo y la evolución del material y las técnicas de equipamiento, la situación cambió. Hoy en día numerosos itinerarios surcan la peña, especialmente por las placas más compactas de vertiente sur. El moderno equipamiento ha permitido proteger mejor los tramos más delicados y hacer accesibles líneas que en el pasado requerían un compromiso elevado.
Sin embargo, pese a esta transformación, la Peña Foratata conserva intacto su carácter. Sigue siendo una montaña de roca compleja, con ambiente aéreo y un perfil que impone respeto. Y sobre todo, mantiene ese componente histórico que remite a aquella jornada de julio de 1921, cuando Arlaud y Laffont, sin pitones y con medios muy rudimentarios, recorrieron su cresta de sur a norte dejando la primera huella documentada en una de las montañas más emblemáticas del valle de Tena.
Autor: Alex Puyo
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