Hay lugares donde el silencio parece guardar recuerdos.
En el Alto Gállego, entre montañas, barrancos y bosques de boj, sobreviven todavía las ruinas de antiguos pueblos que un día estuvieron llenos de vida. Casas abiertas al viento, chimeneas derruidas, caminos cubiertos de hierba y pequeñas iglesias románicas forman hoy uno de los paisajes más emocionantes y melancólicos del Pirineo aragonés.

Muchos viajeros llegan a esta comarca buscando naturaleza, nieve o senderismo. Sin embargo, existe otro Pirineo menos conocido: el de los pueblos abandonados. Lugares donde todavía parece escucharse el eco de quienes los habitaron durante siglos. Núcleos que fueron desapareciendo lentamente a mediados del siglo XX, víctimas de la dureza de la vida en montaña, del aislamiento, de la emigración y, en algunos casos, de las políticas de repoblación forestal impulsadas por el Estado. https://www.aragondigital.es/articulo/sociedad/memoria-viva-pueblos-casi-olvidados/20100917154000649923.html?utm_source=chatgpt.com

El Alto Gállego conserva algunos de los despoblados más emblemáticos de Aragón. Especialmente en la zona del Sobrepuerto, un territorio de media montaña situado entre las cuencas del río Gállego y el río Ara, donde el tiempo parece haberse detenido. https://es.wikipedia.org/wiki/Sobrepuerto?utm_source=chatgpt.com

Hoy, recorrer estos pueblos es mucho más que una excursión. Es un viaje a la memoria del Pirineo.


El Sobrepuerto: un territorio entre montañas y silencio

Hablar de pueblos abandonados en el Alto Gállego es hablar inevitablemente del Sobrepuerto.

El Sobrepuerto es una comarca natural del Pirineo aragonés situada entre Tierra de Biescas, el valle de Broto y la ribera de Fiscal. Durante siglos fue una tierra habitada por ganaderos, agricultores y pastores que vivían prácticamente aislados durante buena parte del invierno.

La vida aquí nunca fue sencilla.

Los pueblos se encontraban a más de mil metros de altitud y durante décadas solo estuvieron comunicados mediante caminos de herradura. No había carreteras asfaltadas, ni apenas electricidad, ni servicios básicos. En invierno, la nieve y el frío convertían la supervivencia en una lucha cotidiana.

Aun así, aquellas montañas estuvieron llenas de vida.

Había escuelas, herrerías, pequeños huertos, rebaños, molinos y fiestas populares. El paisaje que hoy vemos cubierto por bosques y maleza fue durante siglos un territorio humanizado, modelado por generaciones enteras de habitantes pirenaicos.

Pero a partir de los años cincuenta y sesenta comenzó el gran éxodo rural.

Las nuevas oportunidades laborales en ciudades como Sabiñánigo, Zaragoza o Barcelona hicieron que muchas familias abandonaran definitivamente los pueblos de montaña. A ello se sumó la compra de montes y viviendas por parte del antiguo Patrimonio Forestal del Estado, que impulsó repoblaciones forestales en numerosas zonas del Pirineo.

En apenas unas décadas, decenas de pueblos quedaron vacíos.

Hoy sus ruinas forman parte inseparable del paisaje del Alto Gállego.


Ainielle: el símbolo de los pueblos abandonados

Si existe un pueblo capaz de representar la memoria de todos los despoblados del Pirineo, ese es Ainielle.

Situado en pleno Sobrepuerto, Ainielle se convirtió en un símbolo gracias a la novela La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. La obra narra los pensamientos del último habitante del pueblo mientras contempla cómo desaparece lentamente todo aquello que había conocido.

Aunque la novela sea ficción, el sentimiento que transmite resulta profundamente real.

Caminar hoy entre las ruinas de Ainielle produce una sensación difícil de explicar. La vegetación invade las antiguas calles, los tejados han desaparecido y muchas casas apenas conservan parte de sus muros. Sin embargo, el pueblo mantiene todavía una extraña dignidad.

Todavía se distinguen corrales, cuadras, bordas y antiguos huertos. El sonido del viento sustituye al de las conversaciones que un día llenaron la plaza. En otoño, los chopos amarillos y la niebla convierten el lugar en uno de los paisajes más sobrecogedores del Pirineo.

Ainielle quedó definitivamente abandonado hacia 1970.

Desde entonces, miles de senderistas han recorrido la conocida “Senda Amarilla”, una ruta que une Oliván con Ainielle y Berbusa siguiendo antiguos caminos tradicionales. https://mujeresdepyrenaica.blogspot.com/2016/11/ruta-circular-por-los-pueblos.html?utm_source=chatgpt.com

Más que un despoblado, Ainielle se ha convertido en un lugar de memoria.


Susín: el pueblo que se negó a desaparecer

Muy cerca de Ainielle se encuentra Susín, uno de los lugares más especiales del Alto Gállego.

Aunque durante años fue considerado un pueblo abandonado, Susín nunca llegó a desaparecer completamente. Gracias al esfuerzo de vecinos y asociaciones, el núcleo ha conservado parte de su patrimonio y de su identidad.

Durante décadas, Angelines Villacampa, vecina de Casa Mallau, se convirtió en el alma del pueblo y en un símbolo de resistencia frente al olvido. Su empeño permitió conservar una de las casas tradicionales más valiosas de toda la comarca. https://javier-rutas.blogspot.com/2010/05/un-pueblo-en-el-sobrepuerto-susin.html?utm_source=chatgpt.com

Casa Mallau conserva todavía lagar, horno, cuadras y patio interior, ofreciendo una imagen muy fiel de cómo era la vida tradicional en el Pirineo.

Susín también destaca por su patrimonio religioso. La iglesia de Santa Eulalia, de origen medieval, conserva elementos románicos y vestigios históricos de enorme valor.

A diferencia de otros pueblos completamente derruidos, Susín transmite algo distinto. Aquí no domina únicamente la ruina, sino también la sensación de permanencia.

Como si el pueblo todavía resistiera.


Escartín: el corazón del Sobrepuerto

Escartín es probablemente uno de los despoblados más impresionantes del Sobrepuerto.

Situado a unos 1.350 metros de altitud, el pueblo ocupa una posición privilegiada desde la que se dominan barrancos, montañas y antiguos caminos pastoriles.

Durante siglos fue un núcleo importante dentro de esta zona del Pirineo. Sus casas de piedra, de gran tamaño, reflejan la importancia que tuvo la ganadería en la economía local.

Hoy Escartín permanece vacío.

Las calles apenas son reconocibles en algunos puntos y la vegetación avanza lentamente entre las ruinas. Sin embargo, todavía se conservan elementos de enorme belleza: arcos de piedra, muros tradicionales, antiguos pajares y restos de la iglesia.

El aislamiento del lugar hace que la experiencia resulte especialmente intensa. No hay carreteras asfaltadas ni grandes infraestructuras turísticas. Llegar hasta aquí sigue exigiendo caminar, igual que hacían sus antiguos habitantes.

Escartín representa como pocos lugares la dureza de la vida en el Sobrepuerto.


Otal: el pueblo más alto del Pirineo occidental

Otal ocupa un lugar especial dentro de los pueblos abandonados del Alto Gállego.

Situado a 1.465 metros de altitud, es considerado el pueblo más alto del Pirineo occidental.

Llegar hasta él todavía requiere recorrer varios kilómetros a pie por antiguos senderos de montaña. Precisamente ese aislamiento ha contribuido a conservar parte de su autenticidad.

Otal aparece rodeado por montañas como Pelopín y Erata, en un entorno espectacular donde el silencio resulta absoluto.

A pesar del abandono, el pueblo conserva todavía numerosos elementos de arquitectura popular pirenaica: puertas adoveladas, chimeneas tradicionales y restos de viviendas construidas íntegramente en piedra.

Su iglesia de San Miguel fue restaurada hace décadas por asociaciones culturales, aunque posteriormente volvió a deteriorarse con el paso del tiempo. https://clubcas.com/noticias/recorrimos-la-ruta-de-la-lluvia-amarilla-con-travesia-desde-cotefablo-hasta-olivan-sabado-26-de-abril/?utm_source=chatgpt.com

En días de niebla o de lluvia, Otal parece suspendido fuera del tiempo.


Basarán y la iglesia trasladada piedra a piedra

Basarán es otro de los grandes nombres del Sobrepuerto.

El pueblo quedó deshabitado durante el siglo XX, pero alcanzó cierta notoriedad por un hecho muy singular: su iglesia románica fue desmontada piedra a piedra y trasladada hasta el valle de Tena para ser reconstruida junto a Formigal.

Aquella decisión sigue generando opiniones encontradas.

Por un lado permitió salvar un importante ejemplo del románico aragonés. Pero, al mismo tiempo, privó al pueblo de uno de sus elementos más representativos. https://www.valledetena.com/blog/iglesia-de-basaran-formigal/

Hoy Basarán permanece rodeado de bosques y naturaleza. Sus casas derruidas apenas emergen entre la vegetación, creando una de las imágenes más evocadoras del Sobrepuerto.

Desde aquí parten además numerosas rutas senderistas que conectan con Escartín, Otal o Ainielle.


Sasa, Cortillas y Cillas: pequeñas aldeas perdidas en la montaña

Además de los pueblos más conocidos, el Sobrepuerto está lleno de pequeños núcleos abandonados que hoy apenas aparecen en los mapas.

Sasa de Sobrepuerto quedó deshabitado en 1965 y conserva todavía algunos edificios de gran interés histórico, como Casa Ramón y la iglesia de la Ascensión.

Muy cerca se encuentran también Cortillas y Cillas, dos pequeños pueblos hoy prácticamente absorbidos por la vegetación. Sus nombres todavía sobreviven en antiguos caminos, mapas pastoriles y relatos de montaña.

En estos lugares la sensación de abandono es todavía más intensa. No hay restauraciones, ni rutas señalizadas, ni apenas visitantes.

Solo quedan piedras, silencio y memoria.


Berbusa: ruinas entre bosques y barrancos

Berbusa es otro de los despoblados más conocidos de la zona.

Situado entre Oliván y Ainielle, el pueblo aparece rodeado de espesos bosques y antiguas terrazas agrícolas.

Las ruinas de Berbusa poseen una belleza especialmente melancólica. Muchas casas conservan todavía parte de sus fachadas y algunas calles pueden recorrerse con facilidad.

Durante años, Berbusa formó parte de la vida cotidiana del Sobrepuerto. Hoy es una parada habitual dentro de las rutas senderistas que recorren la llamada Senda Amarilla.

El contraste entre la fuerza de la naturaleza y las huellas humanas resulta aquí especialmente visible.


El abandono de la montaña: una historia que cambió el Pirineo

La desaparición de estos pueblos no fue un fenómeno aislado.

A mediados del siglo XX, gran parte del Pirineo aragonés sufrió un profundo proceso de despoblación. La mecanización agrícola, la falta de servicios básicos y las nuevas oportunidades económicas en las ciudades aceleraron el abandono de cientos de núcleos rurales.

En el Alto Gállego, la industrialización de Sabiñánigo atrajo a muchas familias que buscaban una vida más cómoda y estable. De repente, aquellas aldeas situadas a más de mil metros de altitud dejaron de tener futuro para muchos jóvenes.

Las escuelas cerraron.

Después desaparecieron las tiendas, los médicos y el transporte.

Y finalmente llegaron las últimas despedidas.

Algunos habitantes marcharon a Barcelona. Otros a Zaragoza, Huesca o Monzón. Muchos nunca regresaron más que durante alguna fiesta o visita puntual al cementerio familiar.

Con el tiempo, los tejados comenzaron a hundirse.

Después llegaron la maleza, la humedad y el silencio.


La naturaleza recupera el territorio

Uno de los aspectos más fascinantes de los pueblos abandonados del Alto Gállego es observar cómo la naturaleza ha recuperado poco a poco el espacio que durante siglos perteneció al ser humano.

Donde antes había huertos ahora crecen hayas y bojes.

Las calles se convierten en senderos cubiertos de hierba. Los corrales son refugio de animales salvajes y las antiguas bordas aparecen envueltas por musgo y zarzas.

En primavera, muchos de estos pueblos se llenan de flores y vegetación. En otoño, los bosques del Sobrepuerto adquieren colores espectaculares que transforman completamente el paisaje.

El abandono humano ha permitido además la recuperación de numerosas especies animales y vegetales propias del Pirineo.

Paradójicamente, la desaparición de aquellos pueblos ha creado algunos de los paisajes más bellos y salvajes de la comarca.


Senderismo y memoria: recorrer los despoblados

Hoy muchos de estos pueblos forman parte de rutas senderistas muy conocidas.

La más famosa es probablemente la Senda Amarilla, inspirada en la novela de Julio Llamazares y utilizada cada año por cientos de personas para acercarse a Ainielle y Berbusa.

También existen recorridos circulares que conectan Otal, Escartín, Basarán o Susín a través de antiguos caminos tradicionales.

Sin embargo, visitar estos lugares exige siempre respeto.

No son parques temáticos ni decorados turísticos. Son fragmentos reales de la historia del Pirineo. Lugares donde vivieron generaciones enteras de familias.

Cada muro derruido y cada sendero conservan parte de esa memoria.


El valor cultural de los pueblos abandonados

Durante mucho tiempo, los despoblados fueron vistos simplemente como lugares condenados a desaparecer.

Hoy la mirada ha cambiado.

Cada vez existe una mayor conciencia sobre el enorme valor cultural, etnográfico y patrimonial de estos pueblos. Asociaciones, investigadores y vecinos trabajan desde hace años para conservar caminos, iglesias, tradiciones y documentos históricos relacionados con el Sobrepuerto y el Alto Gállego.

Gracias a ello se han restaurado algunos elementos patrimoniales y se ha recuperado parte de la memoria oral de quienes nacieron en aquellos pueblos.

Porque cuando desaparece un pueblo, no solo desaparecen casas.

También desaparecen palabras, costumbres, formas de vida y maneras de entender la montaña.


Lista de pueblos abandonados y despoblados conocidos del Alto Gállego y Sobrepuerto

Aunque algunos pertenecen administrativamente también al Sobrarbe, todos forman parte del territorio histórico y cultural del Sobrepuerto y del entorno del Alto Gállego.

Pueblos más conocidos del Sobrepuerto

  • Ainielle
  • Susín
  • Escartín
  • Otal
  • Basarán
  • Berbusa
  • Sasa de Sobrepuerto
  • Cortillas
  • Cillas
  • Ayerbe de Broto
  • Niablas
  • Casbas de Jaca
  • Asún
  • Polituara

Otros núcleos y pardinas históricas despobladas

  • Pardina de Fenés
  • Pardina de Isuala
  • Pardina de Anzánigo
  • Pardina de Abena
  • Pardina de Ordás
  • Pardina de Bergua

Muchas de estas pardinas fueron pequeñas explotaciones ganaderas o agrícolas hoy prácticamente desaparecidas.


Un paisaje que todavía emociona

Quizá lo más sorprendente de los pueblos abandonados del Alto Gállego es que, pese al paso del tiempo, siguen transmitiendo vida.

No una vida cotidiana, como la de hace un siglo, sino otra distinta: la de la memoria.

Porque en realidad estos lugares nunca desaparecen del todo.

Siguen vivos en las historias familiares, en los libros, en las fotografías antiguas y en quienes todavía recorren sus caminos. Siguen vivos en las romerías, en las piedras de las iglesias y en el sonido del viento atravesando las calles vacías.

El Sobrepuerto no es únicamente un territorio de ruinas.

Es también un recordatorio de cómo fue el Pirineo durante siglos.

Un paisaje construido por generaciones enteras de personas que aprendieron a vivir en una montaña dura, aislada y hermosa.

Y aunque muchas de aquellas casas terminen derrumbándose algún día, su memoria seguirá formando parte para siempre del Alto Gállego.



    Visto: 136

    Visto: 136